NECESITAMOS TIEMPO: AFRONTAR
LA CRISIS QUE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL VA A PROVOCAR
Utopías y distopías
tecnológicas. Imaginarios y escenarios de futuro. Seminario Permanente de la
Facultad de Ciencias Políticas y Sociología León XIII y la Fundación Pablo VI.

El pasado 22 de octubre participé en la
sesión inaugural del Seminario Permanente «Escenarios sociales de la
tecnología», celebrado en la sede de Madrid de la Universidad Pontificia de
Salamanca, en el marco de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología León
XIII y la Fundación Pablo VI. La ponencia, titulada Utopía y distopías
tecnológicas. Imaginarios y escenarios de futuro, estuvo a cargo de Joan
Costa i Bou, profesor de Teología Moral en la Facultad de Teología de
Cataluña y delegado diocesano de Pastoral Social y Caritativa de la
Archidiócesis de Barcelona.
Salí de aquella sesión con una
convicción que da título a esta reflexión: necesitamos tiempo para
comprender, deliberar y decidir qué futuro queremos construir ante el avance de
la inteligencia artificial. No basta con preguntarnos qué puede hacer la
tecnología; tenemos que preguntarnos qué puede hacer con nosotros, qué sociedad
está contribuyendo a configurar y quién tiene el poder de decidir hacia dónde
nos conduce.
Joan Costa i Bou: una
reflexión sobre la tecnología desde la profundidad humana
Hay algo de las personas que no se
recoge fácilmente en una semblanza académica ni en una relación de méritos
profesionales. Mientras escuchaba a Joan Costa i Bou, pensé que se le salía
la santidad por los ojos. Es una expresión muy personal, quizá poco
habitual en una crónica académica, pero quiero conservarla porque refleja
sinceramente la impresión que me produjo.
No se trata de atribuirle una perfección
que no me corresponde juzgar, sino de expresar aquello que percibí en su manera
de estar, de hablar y de abordar las grandes preguntas de nuestro tiempo. En un
debate sobre inteligencia artificial, algoritmos, poder y futuros posibles,
encontrar una mirada que sitúa en el centro la dignidad de la persona humana
tiene un valor especial.
Como cristiano y estudiante del Máster
Universitario en Doctrina Social de la Iglesia, me interesa particularmente esa
forma de afrontar los cambios sociales sin separar el análisis intelectual de
las preguntas éticas, la responsabilidad moral y el sentido de la existencia
humana. La tecnología no puede examinarse únicamente desde su capacidad
técnica, su rentabilidad económica o su eficiencia. También debemos
preguntarnos si contribuye al desarrollo integral de las personas y al bien
común.
¿Utopía tecnológica o
distopía humana?
La ponencia invitaba a mirar más allá de
los discursos que presentan el desarrollo tecnológico como un camino inevitable
hacia un futuro mejor. La inteligencia artificial abre posibilidades
extraordinarias, pero también plantea interrogantes que no podemos resolver
simplemente con más innovación.
¿Quién imagina los futuros que se nos
presentan como deseables? ¿Quién controla las tecnologías que los hacen
posibles? ¿Qué intereses económicos, políticos y sociales intervienen en su
desarrollo? ¿Qué valores se promueven y cuáles quedan relegados? ¿Qué
consecuencias pueden tener estos procesos para las instituciones, la
democracia, el trabajo y nuestras relaciones humanas?
Estas preguntas, planteadas en el marco del seminario, ayudan a
comprender que el futuro tecnológico no es solamente una cuestión de avances
científicos: es también una cuestión de poder, de justicia y de decisiones
colectivas.
Una utopía tecnológica puede prometer
una vida más cómoda, eficiente y libre de determinadas limitaciones. Sin
embargo, si sus beneficios se concentran en pocas manos, si las decisiones
quedan subordinadas a intereses particulares o si las personas pasan a ser
instrumentos de sistemas automatizados, esa promesa puede transformarse en una
distopía.
El problema, por tanto, no consiste en
aceptar o rechazar la tecnología en bloque. Consiste en discernir qué
tecnologías queremos desarrollar, con qué finalidad, bajo qué controles y al
servicio de quién. No todo lo técnicamente posible es necesariamente bueno, ni
toda innovación constituye por sí misma un progreso humano.
Necesitamos tiempo para
afrontar la crisis
Vivimos en una sociedad que parece
identificar el progreso con la aceleración. Cada nueva herramienta aparece
antes de que hayamos tenido tiempo de asimilar la anterior. La inteligencia
artificial evoluciona con una rapidez que dificulta que las personas, las
instituciones educativas, los sistemas laborales y las democracias puedan
comprender sus consecuencias y establecer criterios compartidos para
gobernarla.
De ahí la importancia de detenernos a
pensar. Necesitamos tiempo para comprender lo que está ocurriendo, tiempo
para evaluar sus consecuencias y tiempo para tomar decisiones que no estén
dictadas exclusivamente por la urgencia, la competencia económica o la
fascinación ante lo novedoso.
La crisis que puede acompañar a la
expansión de la inteligencia artificial no debe entenderse únicamente como una
amenaza. También puede ser una oportunidad para revisar nuestras prioridades,
cuestionar modelos sociales que reducen el valor de las personas a su
productividad y recuperar preguntas fundamentales sobre el trabajo, la
libertad, la responsabilidad y la convivencia democrática.
No podemos dar por supuesto que sabremos
adaptarnos automáticamente a cualquier transformación. Las sociedades necesitan
instituciones capaces de anticiparse, normas que protejan los derechos,
espacios de deliberación pública y una ciudadanía formada para participar de
manera crítica. Necesitamos, en definitiva, gobernar la transformación
tecnológica en lugar de limitarnos a padecerla.
Desde la Doctrina Social de la Iglesia,
esta cuestión adquiere una relevancia particular. La dignidad humana, el bien
común, la solidaridad, la subsidiariedad y el destino universal de los bienes
ofrecen criterios para discernir los efectos de la revolución digital. La
pregunta decisiva no es únicamente cuánto podemos producir con la inteligencia
artificial, sino si su desarrollo contribuye a que todas las personas puedan
vivir con mayor dignidad y participar realmente en la construcción de la
sociedad.
La educación, el trabajo y
el reto de aprender a ser humanos
Como profesor de Religión Católica en
ESO y Bachillerato en la Comunidad de Madrid, y como investigador en la
metodología de Aprendizaje-Servicio, no puedo escuchar estas reflexiones sin
trasladarlas al ámbito educativo.
La inteligencia artificial está llamada
a transformar la enseñanza, el aprendizaje y el propio sentido de la profesión
docente. Pero educar no consiste únicamente en transmitir información, resolver
ejercicios o producir resultados. Educar implica acompañar, escuchar, suscitar
preguntas, formar el juicio moral y ayudar a cada alumno a descubrir su
responsabilidad hacia los demás.
Una máquina puede proporcionar
respuestas, generar textos o resolver problemas. Sin embargo, la educación debe
ayudarnos a discernir qué preguntas merece la pena plantear, qué respuestas son
justas y cómo ponemos nuestros conocimientos al servicio de la comunidad.

Esta convicción conecta profundamente
con eMe — Espacio Mentoría Estudiantil, el proyecto de
Aprendizaje-Servicio del que soy autor y que promuevo e investigo. En eMe, el
alumnado aprende ayudando a otros compañeros, descubre sus capacidades y asume
responsabilidades dentro de su propio instituto. La relación educativa se
construye mediante la presencia, la escucha, la paciencia, la empatía y el
compromiso.

Pantalla en el hall del IES Cardenal Herrera Oria de Madrid
Son dimensiones de la experiencia humana
que no deberíamos relegar en nombre de una eficiencia tecnológica mal
entendida. Precisamente cuando la inteligencia artificial pueda automatizar
cada vez más tareas, tendremos que preguntarnos qué aprendizajes, vínculos y
experiencias humanas debemos proteger y cultivar.
Necesitamos una educación que no se
limite a preparar a los jóvenes para adaptarse al futuro, sino que los capacite
para decidir qué futuro quieren construir. Y para ello no basta con enseñarles
a utilizar herramientas digitales: hay que ayudarles a desarrollar pensamiento
crítico, responsabilidad ética, solidaridad y capacidad de participación.
Construir futuros que
merezcan la pena
La sesión inaugural del Seminario
Permanente nos invita a continuar una conversación que no puede quedar
reservada a especialistas en tecnología. Las decisiones que se tomen sobre la
inteligencia artificial afectarán a nuestras condiciones de vida, nuestras
profesiones, nuestras relaciones, nuestras instituciones y nuestras
democracias.
Por eso son tan necesarios espacios de
encuentro entre la filosofía, la sociología, la política, la economía, el
derecho, la teología y otras disciplinas. La iniciativa de la Facultad de
Ciencias Políticas y Sociología León XIII y la Fundación Pablo VI ofrece
precisamente un marco de reflexión interdisciplinar sobre estos desafíos.

Fundación Pablo VI
Me quedo con la necesidad de frenar,
mirar críticamente la dirección que estamos tomando y recuperar el tiempo para
pensar juntos. No se trata de detener todo avance tecnológico, sino de evitar
que la velocidad de la innovación nos impida comprender sus consecuencias y
decidir responsablemente.
Desde mi condición de cristiano,
profesor de Religión Católica e investigador en Aprendizaje-Servicio, creo que
esta reflexión debe conducirnos a una pregunta fundamental: ¿estamos
construyendo una sociedad más humana?
La respuesta no dependerá exclusivamente
de lo que la inteligencia artificial llegue a ser capaz de hacer, sino de las
decisiones que tomemos como personas y como sociedad.
Necesitamos tiempo. Necesitamos
discernimiento. Necesitamos educación y responsabilidad compartida. Y, sobre
todo, necesitamos recordar que la tecnología debe estar al servicio de la
persona humana, y no la persona al servicio de la tecnología.
Ver la sesión completa
Puedes ver la ponencia de Joan Costa i
Bou en el canal de YouTube de la Fundación Pablo VI:
Seminario Permanente «Escenarios
sociales de la tecnología» · 22 de octubre de 2026
Utopías y distopías tecnológicas, por Joan Costa i Bou - YouTube
Una invitación a pensar el futuro
tecnológico desde la dignidad humana, el bien común y la responsabilidad de
construir una sociedad más justa.
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