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De Madrid a Buenos Aires: cuando el servicio se convierte en una forma de vida

La historia de eMe también está hecha de personas

Hay proyectos educativos que nacen de una planificación perfectamente diseñada. Otros nacen de una necesidad concreta, de una conversación, de una pregunta que surge en el momento adecuado.

eMe – Espacio Mentoría Estudiantil pertenece, en buena medida, a esta segunda categoría.

Su historia comenzó en un instituto público de Madrid, en el distrito de Usera, a partir de una necesidad muy concreta: un alumno necesitaba ayuda para afrontar sus estudios y otra alumna quería dedicar parte de su tiempo a ayudar a los demás.

Años después, aquella pequeña experiencia me llevó hasta Buenos Aires, donde participé en el 29.º Seminario Internacional de Aprendizaje y Servicio Solidario de CLAYSS.

Pero Buenos Aires me regaló algo más.

Me permitió reencontrarme con Tobías González, un antiguo alumno del IES Pradolongo que participó en aquellas primeras experiencias de voluntariado y que hoy, casi tres años después de su marcha de España, está terminando 3.º de Medicina en la Universidad de Buenos Aires.



Y entonces comprendí que la historia de eMe no es solamente la historia de un proyecto.

Es también la historia de las personas que han pasado por él.


Todo comenzó con una necesidad

Tengo que remontarme a aquellos primeros años del proyecto.

En una de mis clases de Religión de 1.º de Bachillerato, una alumna manifestó su interés por realizar alguna actividad de voluntariado. Quería ayudar y, al mismo tiempo, vivir una experiencia de servicio que pudiera tener sentido para ella.

Al mismo tiempo, en 4.º de ESO, tenía entre mis alumnos a un estudiante recién llegado de Perú que, en la primera evaluación, había suspendido cinco asignaturas.

Le pregunté cómo pensaba afrontar la situación y si quería que intentara buscarle ayuda para preparar las recuperaciones.

Me dijo que sí.

Así comenzó mi búsqueda.

 

Una parroquia, una oficina de la Comunidad de Madrid y una idea

Acudí a la parroquia San Juan de Ávila, en el distrito de Usera, vinculada al entorno del instituto.

Pregunté si disponían de voluntarios que pudieran ayudar a un alumno de Secundaria.

Sí los había.

Pero realizaban apoyo escolar con niños de Primaria.

Me facilitaron entonces la dirección de una oficina de la Comunidad de Madrid donde, según me indicaron, quizá podría encontrar la ayuda que necesitaba.

Fui allí.

La respuesta fue prácticamente la misma: existían voluntarios para apoyo escolar, pero nuevamente para alumnado de Primaria.

Y entonces, mientras regresaba a casa, surgió una idea:

¿Y si juntaba a los dos alumnos?

Una alumna de Bachillerato que quería hacer voluntariado.

Un alumno de 4.º de ESO que necesitaba apoyo académico.

Quizá la solución estaba dentro del propio instituto.

 

«Para ayudar solo hace falta voluntad»

Hablé con el entonces director del centro, D. Jesús Pérez.

Su respuesta fue extraordinariamente positiva.

Me dio vía libre para poner en marcha la experiencia y me animó incluso a presentarla al Consejo Escolar, al que yo acababa de incorporarme como representante del profesorado.

En aquellas conversaciones me habló también de un intento anterior de desarrollar una experiencia semejante en el centro, que no había conseguido mantenerse en el tiempo.

Eso me hizo pensar que, además de iniciar una experiencia, había que intentar darle estructura y continuidad.

Hablé individualmente con los dos alumnos.

Ambos aceptaron.

Con la alumna de Bachillerato fuimos concretando algunos aspectos de la actividad y, finalmente, fueron ellos mismos quienes terminaron de diseñar buena parte de la experiencia: fundamentalmente, los días y el horario.

Incluso les propuse que intercambiaran sus números de teléfono para poder avisarse si alguno no podía acudir.

Así nació aquella primera experiencia de mentoría entre iguales.

Y Tobías recuerda aquel momento de una manera que me ha emocionado especialmente.

En la carta que me escribió desde Buenos Aires comienza diciendo:

«Es una alegría volver a contactar contigo y poder poner en palabras todo lo que significó aquella etapa en el IES Pradolongo.»



 

El voluntariado visto desde los ojos de un adolescente

Tobías recuerda que fue precisamente en 4.º de ESO, cerca de Semana Santa y después de haber trabajado en clase la vida y pasión de Cristo, cuando introduje el concepto del voluntariado.

Y reconoce que hasta entonces tenía una concepción bastante diferente de lo que significaba ayudar.

«Hasta ese momento, yo tenía la idea errónea de que ayudar a la comunidad era algo reservado exclusivamente para profesionales con carreras terminadas, adultos mayores o personas con recursos económicos.»



Aquella experiencia le permitió descubrir algo fundamental:

que un adolescente también puede contribuir a mejorar su comunidad.

Y esta idea conecta directamente con uno de los principios que hoy sostienen eMe:

el alumnado no es únicamente receptor de educación; también puede ser protagonista de acciones que mejoran su propia comunidad educativa.

 

De la biblioteca a los recreos


Tobías recuerda que aquella primera experiencia comenzó en la biblioteca del instituto.

Los alumnos que participaban se quedaban una hora más por las tardes para ayudar a estudiantes de 1.º y 2.º de ESO.

Ayudaban en Matemáticas, Lengua o Química.

Muchos de los estudiantes que acudían eran jóvenes recién llegados al sistema educativo español y se encontraban afrontando simultáneamente dificultades académicas y de adaptación.

Pero ocurrió algo que, para mí, resulta especialmente significativo.

El espacio dejó de ser solamente un lugar de apoyo académico.

Tobías lo explica así:

«Sin embargo, ese espacio se transformó en mucho más que clases de apoyo: terminábamos los deberes y los chicos iban a jugar a la pelota. Se generó un puente de integración inmenso entre los que acudían a las clases de apoyo.»

Esta frase resume algo que posteriormente se convertiría en una de las líneas fundamentales de eMe:

la mentoría no consiste únicamente en transmitir conocimientos.

También consiste en crear vínculos.

En acompañar.

En acoger.

En hacer que alguien que llega nuevo pueda sentirse parte de una comunidad.

 

El proyecto creció con ellos

Tobías explica que, cuando pasó a Bachillerato, la experiencia dio un paso adelante.

El apoyo se trasladó a los recreos.

Se creó un espacio con seis mesas donde los alumnos mayores estaban a disposición de los más pequeños.

¿Por qué?

Porque de esta manera podían participar también aquellos estudiantes que no tenían posibilidad de quedarse por las tardes.

«Esto permitió llegar a muchos estudiantes que, por cuestiones de tiempo o dinámicas familiares, no podían quedarse por las tardes.»



Es interesante comprobar cómo aquella experiencia inicial ya contenía algunos de los elementos que hoy caracterizan eMe:

  • mentoría entre iguales;
  • protagonismo del alumnado;
  • aprovechamiento del tiempo escolar;
  • apoyo académico;
  • acogida;
  • inclusión;
  • acompañamiento;
  • y servicio a la propia comunidad educativa.

 

La reflexión también forma parte del servicio

Aquel proyecto no se limitaba a ayudar.

También había que pensar sobre lo que estaba ocurriendo.

Por eso incorporamos el diario de voluntariado y acercamos a los alumnos a otras experiencias sociales mediante charlas y testimonios, entre ellas las del Banco de Alimentos de Madrid.

Tobías recuerda especialmente esas experiencias:

«Escuchar de primera mano a otros voluntarios me hizo comprender definitivamente que para ayudar solo hace falta voluntad.»

Esta frase tiene hoy para mí una enorme fuerza.

Porque el Aprendizaje-Servicio no consiste solamente en realizar una acción.

Consiste también en reflexionar sobre ella, descubrir lo que hemos aprendido y comprender cómo esa experiencia transforma nuestra manera de mirar a los demás.


«Me hizo dejar de juzgar y aprender a ponerme en el lugar del otro»

Tobías cuenta que aquella experiencia tuvo un efecto personal profundo.

Conocer las distintas circunstancias y dificultades de los estudiantes a los que ayudaba le permitió comprender que detrás de cada alumno existe una historia.

Y escribe:

«Esa experiencia me cambió. Conocer de cerca las distintas realidades, condiciones de vida y dificultades de cada chico me hizo dejar de juzgar y aprender a ponerme en el lugar del otro.»

Aquí aparece una de las dimensiones más importantes del proyecto.

La empatía no se aprende solamente explicándola.

También se aprende encontrándose con el otro.

Escuchándolo.

Acompañándolo.

Intentando comprender su situación.

Y eso es precisamente lo que pretendemos cuando hablamos de competencias sociales y ciudadanas dentro de eMe.

 

De Madrid a Buenos Aires

Después de terminar Bachillerato y realizar la EVAU, Tobías no consiguió la calificación necesaria para comenzar Medicina en España.

Pero tenía dos primos que estudiaban esa carrera en Buenos Aires.

Hablaron.

Y decidió marcharse a Argentina.

Hoy está terminando 3.º de Medicina en la Universidad de Buenos Aires (UBA).





Cuando supe que iba a viajar a Buenos Aires para participar en el 29.º Seminario Internacional de Aprendizaje y Servicio Solidario de CLAYSS, pensé inmediatamente en él.

Le escribí.

Y enseguida recibí su respuesta.

Después de casi tres años, volveríamos a encontrarnos.


Y descubrí que la historia continuaba

Tobías no solamente estudia Medicina.

También participa actualmente en proyectos de voluntariado vinculados a su universidad.

Y aquí es donde la historia adquiere, para mí, una dimensión especialmente interesante.

Porque existe una continuidad entre aquel adolescente que ayudaba a otros alumnos en el IES

 Pradolongo y el estudiante universitario que hoy participa en iniciativas sociales en Buenos Aires.

Él mismo lo explica:

«Las habilidades humanas y de convivencia que forjé en el instituto fueron el motor principal para involucrarme en el voluntariado del Centro de Estudiantes de Ciencias Médicas.»



Leer estas palabras como profesor es, sencillamente, emocionante.

Porque una de las grandes preguntas que nos hacemos quienes educamos es:

¿qué queda en nuestros alumnos después de que termina nuestra clase?

No siempre podemos saberlo.

A veces pasan años antes de descubrirlo.

 

«Plato Caliente»: ayudar desde la universidad

En Buenos Aires, Tobías participa en Plato Caliente, una iniciativa interdisciplinaria en la que estudiantes de distintas carreras se reúnen para cocinar y repartir alimentos a personas en situación de calle.

Cada jueves preparan platos a partir de recetas elaboradas por estudiantes de Nutrición y los distribuyen con el objetivo de ofrecer algo más que comida.

Tobías habla de «devolverles un poco de calor y dignidad».



La experiencia es diferente a la que vivió en Madrid.

Pero hay algo que permanece.

La voluntad de poner el propio tiempo y las propias capacidades al servicio de otras personas.

 

«Carpa Saludable»: cuando el servicio se convierte en vocación profesional

El segundo proyecto en el que participa me ha resultado todavía más significativo.

Se trata de Carpa Saludable, una iniciativa mediante la cual estudiantes acercan servicios de atención primaria a barrios populares y vulnerables.



Realizan toma de presión arterial y glucosa, electrocardiogramas, testeos de VIH y sífilis, además de consultas nutricionales y de podología.

Aquí aparece una conexión preciosa con aquel primer proyecto de Madrid.

Antes, Tobías ayudaba a otros estudiantes a superar dificultades académicas.

Ahora, como estudiante de Medicina, participa en acciones destinadas a acercar la salud a personas que tienen dificultades para acceder al sistema sanitario.

Ha cambiado el contenido del servicio, pero no su sentido.

 

Del mentor al futuro médico

Quizá el párrafo de la carta que más me ha hecho reflexionar sea este:

«Hoy, llegando ya a la mitad de la carrera, me doy cuenta de que el voluntariado me enseñó algo que, a veces, la propia facultad no te enseña: ese lado más humano que es indispensable para ser un mejor profesional en el futuro.»

Como profesor de Secundaria y Bachillerato, esta afirmación me lleva directamente a una cuestión educativa fundamental.


¿Qué significa formar?

Podemos transmitir conocimientos.

Podemos preparar para los exámenes.

Podemos trabajar competencias.

Podemos evaluar.

Pero también podemos ofrecer experiencias que ayuden a nuestros alumnos a construir una determinada manera de relacionarse con los demás.

Y eso puede acompañarlos muchos años después.

 

Mirar al paciente como persona

Tobías ha establecido él mismo la conexión entre aquella experiencia y su futura profesión.

Lo expresa de una manera que, como profesor de Religión, me toca especialmente:

«Aquel proyecto que surgió en una clase de Reli en el Pradolongo me dio la base para ver al paciente no sólo como un diagnóstico, sino como una persona con una historia y un contexto.»

No podría haber encontrado una mejor manera de explicar por qué creo en el valor educativo del servicio.

Porque la educación no consiste solamente en saber más.

También consiste en aprender a mirar.

Mirar al compañero.

Mirar al que llega nuevo.

Mirar al que tiene dificultades.

Mirar al que vive una situación diferente.

Y aprender a preguntarnos qué podemos hacer nosotros.

 

Buenos Aires y el sentido de eMe

Cuando viajé a Buenos Aires para presentar eMe en el 29.º Seminario Internacional de Aprendizaje y Servicio Solidario, expliqué que el proyecto había evolucionado hacia varias líneas de actuación: acogida e integración, refuerzo académico, acompañamiento ante situaciones de vulnerabilidad, desarrollo competencial de los mentores, democratización del aprendizaje y construcción de una convivencia más inclusiva.

Pero después de reencontrarme con Tobías, todas esas palabras adquirieron un rostro.

El rostro de un alumno.

Un alumno que un día estaba sentado en un aula del IES Pradolongo.

Un alumno que después dedicó su tiempo a ayudar a otros.

Un alumno que aprendió a mirar de otra manera.

Un alumno que ahora estudia Medicina a miles de kilómetros.

Y un alumno que continúa haciendo voluntariado.

 

De eMe al mundo

Tal vez esta sea una de las grandes enseñanzas que me llevo de Buenos Aires.

No sabemos hasta dónde puede llegar una experiencia educativa.

Cuando aquella primera alumna de Bachillerato comenzó a ayudar a un compañero de 4.º de ESO, no sabía que estaba participando en el origen de un proyecto que años después se llamaría eMe.

Cuando Tobías participó en aquellas primeras experiencias, tampoco sabía que años después estaría estudiando Medicina en Buenos Aires.

Y yo tampoco podía imaginar que algún día viajaría a Argentina para presentar aquel proyecto en un seminario internacional y que, además, tendría allí la oportunidad de reencontrarme con uno de sus antiguos protagonistas.

Por eso hoy veo eMe de una manera diferente.

eMe no es solamente un espacio de mentoría.

Es una invitación a descubrir que nuestros estudiantes pueden ser protagonistas.

Que pueden ayudar.

Que pueden aprender ayudando.

Que pueden transformar su entorno.

Y que, quizá, aquello que aprendan en un recreo de un instituto de Madrid pueda acompañarlos cuando estén a miles de kilómetros de distancia.

 

«No podemos ser indiferentes»

Tobías termina su reflexión con unas palabras que quiero conservar como parte de la propia historia de eMe:

«Me hizo entender que no podemos ser indiferentes y que todos tenemos el deber de ayudar a que la sociedad mejore.»

Esta frase resume, de alguna manera, el camino recorrido.

Desde aquella primera conversación en un aula de Religión.

Desde aquella búsqueda de apoyo escolar en la parroquia y en la Comunidad de Madrid.

Desde aquella idea que surgió camino de casa.

Desde aquel «adelante» del director.

Desde aquellos dos alumnos que dijeron que sí.

Desde aquella primera experiencia que el confinamiento interrumpió.

Desde el primer certificado.

Desde Tobías.

Hasta Buenos Aires.

Hasta eMe.

Hasta hoy.

 

Y quizá esto sea educar

A veces pensamos que nuestro trabajo como profesores termina cuando acaba el curso.

Pero nuestros alumnos siguen caminando.

Estudian otras carreras.

Se marchan a otras ciudades.

Construyen sus propias familias.

Encuentran otras profesiones.

Conocen otras personas.

Y quizá, en algún momento de ese camino, recuperan algo que aprendieron en nuestras aulas.

Eso es lo que me ha sucedido al reencontrarme con Tobías en Buenos Aires.

He podido comprobar que aquella experiencia no quedó encerrada en las paredes del IES Pradolongo.

Continuó.

Cambió de ciudad.

Cambió de etapa.

Cambió de forma.

Pero conservó algo esencial:

la voluntad de ayudar.

Y, por eso, cuando pienso en eMe, vuelvo una vez más a su lema:

eMe – Aprender ayudando

Pero hoy añadiría algo más:

Aprender ayudando para seguir ayudando.

Porque quizá la verdadera transformación no se produce solamente cuando un alumno ayuda a otro.

Quizá se produce cuando esa experiencia cambia para siempre la manera en que ese alumno mira el mundo.

Y eso, después de reencontrarme con Tobías en Buenos Aires, es precisamente lo que eMe significa para mí.

 

José Antonio Pérez Carcedo
Profesor de Religión Católica en ESO y Bachillerato
Autor e investigador de eMe – Espacio Mentoría Estudiantil

eMe – Espacio Mentoría Estudiantil
Aprender ayudando: estudiantes que ayudan a estudiantes.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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